“En una noche tan linda como esta, cualquiera de nosotras podría
triunfar…”
Para los venezolanos, sobre todo
los de algunas generaciones atrás, oír esa letra acompañada de su respectiva
melodía y cadencia armónica, originaba una especie de exaltación, una alegría indescifrable,
una satisfacción y una expectativa casi desesperante, ya que después de esa
música premonitoria vendría lo que para muchos era el símbolo de la idiosincrasia
misma del venezolano y todo lo que ello significaba: el concurso del Miss
Venezuela. Tengo que confesarlo, yo mismo por años lo sentí de esa manera;
quizá eso me da autoridad suficiente para referirme a ese hecho con tanta
propiedad. Nombres como Osmel Sousa o Joaquín Riviera han pasado poco a poco al
inconsciente colectivo del venezolano (sin ser ellos mismos venezolanos de
nacimiento) como piezas fundamentales en el bagaje “cultural” del país. Las
coreografías, los vestuarios, el escenario, el eterno y acartonado anfitrión con
su contraparte femenina, la música repetitiva y de objetable calidad; todo eso
configuraba, año tras año, el afamado y ciertamente reputado concurso del Miss
Venezuela. Sin embargo, después de años sin ver el concurso, tuve la oportunidad
de ver su última entrega y realmente hay mucha información con respecto al
mismo, información que definitivamente valdría la pena hacérsela llegar a los
mismísimos organizadores del concurso, no con la esperaza de que corrijan lo
incorregible, sino para que se den cuenta de una buena vez que hay personas que
realmente conocen lo que tal concurso promueve y están haciendo fuerza para
derogarlo de una buena vez y para siempre.
Empecemos por el comienzo: por
alguna razón, el escenario de esta entrega no fue en un pomposo teatro o sala
de concierto como usualmente se hacía, sino en lo que parecía ser los mismo
estudios del canal anfitrión. Los organizadores podrían decir en su defensa que
“el gobierno” no permitiría tales eventos en sus instalaciones públicas
(argumento lógico, cabría destacar). No obstante, sin asomo de dudas, quedaría
algún lugar privado disponible para un evento de tal magnitud, dispuesto a
prestar sus instalaciones a tan magno evento por algún canje en metálico y una
buena dosis de promoción. Ese cambio de escenario, en todo caso, seguirá siendo
un enigma.
Entre otros elementos heridos en
el proceso se encuentra la escenografía, realmente vergonzosa, muy parecida a
su homónimo Miss Chocozuela, digna representación hecha por un programa cómico
líder en otras épocas del país. La iluminación realmente deficiente, los
bailarines alta y vergonzosamente descoordinados y con coreografías pasadas de
moda a un nivel casi ridículo, los trajes de las concursantes, como siempre, de
una pomposidad anacrónica y, acompañados de la mala costumbre que sigue intacta,
aquella de describir la prenda como si realmente fuese tan importante el hecho
de estar cubierta con cristales austriacos o de ser hecha de tela importada de
algún lugar exótico de Asia, sobre todo en una sociedad mundial con tal nivel
de necesidad y crisis.
No quiero ahondar en el hecho, yo
diría punible, de mostrar a la mujer como una “cosa”, como un pedazo de carne
al cual hay que evaluar y qué mejor manera de hacerlo que mostrándola con toda
la piel que permita la censura y el horario de transmisión. Muy parecido, y lo
repetiré hasta el cansancio, a un desfile de reses. Como dije anteriormente, no
quiero ahondar en ese argumento, saquen ustedes sus propias conclusiones.
El punto que todos esperamos es
la última parte del evento, aquella en la que siempre, óigase bien: siempre, se
demuestra que las concursantes son unas ignorantes sin remedio y que están en
el lugar preciso, en donde solo muestran sus características externas y no
necesitan sus capacidades internas, humanas, las que realmente las harían
mujeres no solo bellas por fuera sino lo realmente importante, útiles y valiosas.
Ahora bien, me pregunto la razón de tal sección, si lo que importa es lo
externo y, como no se cansan de corroborar, siempre fallan irremediablemente en
su tarea de demostrar que son algo más que belleza física; fallan
aparatosamente una y otra vez, por más que les inventen estudios y lo que es
peor, por más que realmente estén estudiando carreras universitarias, como si
eso fuera lo necesario para convertirse en una persona culta, inteligente,
responsable y preocupada por su comunidad. Por supuesto, en esta entrega 2014,
la sección de preguntas fue aún más patética porque por alguna misteriosa e ininteligible
razón, como muchas de las cosas que acontecen en ese concurso, eran recicladas
de otros eventos. Otro enigma sin resolver.
Por último, no quiero dejar de
destacar, la participación patética, ciertamente grotesca y de muy mal gusto
(si se puede destacar en ese departamento cuando se habla del concurso del Miss
Venezuela) del señor Osmel Sousa, que ahora al parecer se ha convertido en una
suerte de pésimo actor cómico o algo así; al menos esa es la versión nueva del señor,
después de su participación en aquel otro bodrio de Miami llamado “Nuestra
Belleza Latina”. ¿Es que nadie se ha dado cuenta de que ese señor se ha
encargado directa y responsablemente de contribuir sólidamente en la
transformación de la mujer venezolana en un objeto? Que él ha sido uno de los responsables
de que la mujer venezolana desde niña (y lamentablemente los padres arrastrados
en esa locura) vea dicho concurso como algo al cual aspirar y no algo de que
desdeñar, sin darse cuenta que no solo es patético el hecho de concursar en tal
evento, sino que dentro del mismo se han roto reglas éticas y ya es descarado
el uso de cirugías plásticas para “corregir” detalles o defectos, mostrando
claramente que no solo la forma sino el fondo del concurso está podrido.
La mujer venezolana, la mujer en
general, tiene que entender que ellas no son una cosa que se exhibe, que no son
carne que se muestra en un concurso, que no es nada el hecho de ganar un
concurso de belleza, que lejos de elevarle el auto-estima a esas niñas
incautas, la empequeñece, las transforma en una cosa, un ser inanimado y sexual,
únicamente para ser visto y apreciado como tal, precisamente lo que no debe
permitirse. La mujer, y en este caso la venezolana, es bastante más que eso, es
lucha, es madre, es familia, es estudio, es sangre, es sacrificio, es belleza
integral, es ternura, es inteligencia, es bondad, es solidaridad, es ayuda
incondicional y es una gran combinación de todo eso y más, elementos que
curiosamente no se plasman en la piel. ¿Cuál es la razón para destacar el más
simple de todos los atractivos de una mujer, el más azaroso y del que no tienen
control las participantes?
Con respecto al concurso del Miss
Venezuela y en general todos esos concursos, terminando en el Miss Universo, no
solo deberían de detenerlos, sino deberían dejar de existir e incluso, debería
pagar con cárcel todo aquel que promueva dichos eventos. La certeza es casi
absoluta de que tal movida, aliviaría a la sociedad de una gran cantidad de
fallas a nivel de percepción de la realidad en términos de estética.
Señoras y señores, deberíamos
empezar a ponernos serios y promover lo que nos podría eventualmente sacar de
este oscurantismo cultura, intelectual y emocional en el cual navegamos desde
hace bastante tiempo y que concursos como el Miss Venezuela (y todos los
similares en el planeta entero) no solo insisten en llevar a la sociedad a ese
oscuro lugar en donde sitúan a la mujer desde siempre, sino que promueven todo
lo malo que cualquier sociedad podría engendrar.

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